Martires Oblatos de España



Vamos a hacer un recorrido a la casa del Escolasticado situada en Pozuelo de Alarcón (Madrid). Queremos que sea una auténtica peregrinación pues para nosotros es un lugar santo: 22 de nuestros hermanos oblatos dieron su sí definitivo a Dios en una historia que arranca en esta casa. Os invitamos, pues, a hacer este itinerario en un clima de silencio interior para que podamos escuchar lo que Dios quiere de cada uno de nosotros.







LA CASA DE POZUELO

Esta casa, propiedad de una antigua condesa, fue convertida en Escolasticado en 1930. En 1936 la comunidad estaba formada por 38 oblatos entre sacerdotes, hermanos coadjutores y escolásticos. Pozuelo era hasta entonces un lugar tranquilo: huertas y campos de cultivo rodeaban la casa y como únicas construcciones se encontraban el convento de Cluny y el barrio obrero de la Estación de ferrocarril. En dicho barrio había gran número de personas afiliadas a sindicatos comunistas y anarquistas que, una vez estallada la guerra en 1936, alimentaron las milicias republicanas.









Esta imagen de la Inmaculada se encontraba en el Seminario Menor de Urnieta (Guipúzcoa) antes de la guerra, donde los que posteriormente fueron asesinados habían estudiado siendo aún unos muchachos, por lo que, rezando ante ella, comenzaron a cultivar su tierna devoción a la Virgen.











Comenzaremos ya esta peregrinación para ello no hay nada mejor que leer lo que los supervivientes del martirio dejaron escrito en el diario de la comunidad al acabar la guerra:

 

           “La casa de Pozuelo quedó desde el principio convertida en Casa del Pueblo. Más tarde, cuando a fines de 1936 Pozuelo y sus cercanías fueron campo de reñidas batallas, sirvió de cuartel al Ejército Rojo. Desde Enero de 1937 Pozuelo pasó a poder de los nacionales. El convento, en posición destacada, quedó en pie en su totalidad. Apenas si presenta algún impacto de bala.


 

            El inmueble quedó intacto, es verdad, pero del mobiliario no quedó ni rastro.

Mas, ¿qué representan todas esas pérdidas materiales al lado de tantas vidas tronchadas en flor?. ¡Toda una comunidad, llena de promesas y esperanzas, semillero de apóstoles, escuela de preclaras virtudes!



            Religiosos encanecidos en la más austera observancia de la disciplina regular, modelos de virtud, curtidos en años de ministerio, de estudio; grupo selecto de juventud, de 18 a 25 años, consagrados en cuerpo y alma a la propia formación religiosa, soñando con la perspectiva del sacerdocio y las misiones; humildes hermanos coadjutores, dechados de piedad, de abnegación , de olvido de si mismos; todos ellos perseguidos como vulgares criminales, insultados, varias veces presos, arrastrando una vida miserable por cárceles, transidos de frío, famélicos, enfermos, comidos por los piojos y luego, en un triste amanecer, en el recodo de un camino, o entre una arboleda, acribillado su cuerpo a balazos, desecho el cráneo, comidos sus restos inertes por las aves, los insectos y los perros...


Esta fue la gran tragedia de este escolasticado de Pozuelo”

 


 

 



EL RECIBIDOR



Esta es la primera estación de su vía crucis martirial. El 22 de julio de 1936 los milicianos, tras asaltar el convento, meten a toda la comunidad en este recibidor, un estrecho cuarto (como podéis comprobar) en el que los 38 miembros, apelotonados y permaneciendo de pie durante 3 horas, se asfixiaban de calor (pues en Madrid en Julio puede hacer 35º).




Es un momento fuerte de comunidad: imaginaos a toda la comunidad reunida, con la incertidumbre de si los iban a matar o no, o incluso si lo iban a hacer allí mismo, en ese mismo momento: oyen voces, gritos y muchedumbres que se acercan y que suben y bajan por la casa. ¿Cómo lo vivieron?. Sin duda en oración unos por otros, este testimonio de un superviviente da fe de ello:


“Sobre las 15 h. las milicias toman el convento. Padres y escolásticos se encontraban en sus respectivas habitaciones, algunos han bajado a la ducha de junto al comedor, como el hno. Felipe Díez, al cual encierran en el recibidor, donde ya hay otros dos mirando a la pared y con los brazos en alto. Ahí nos meten a todos a medida que nos van cazando. En la puerta siempre hay dos escopeteros apuntándonos. Cada uno en silencio reza lo que le viene. Yo pensé esto terminó”

 

 


 

 



EL HUECO DE LA ESCALERA

 

El mismo superviviente nos sigue relatando:

 

Cuantos crucifijos o imágenes se encontraron, por las escaleras los tiraron al piso, rompiendo todo”.

 




















Hoy día podemos ver todavía los destrozos que todo eso produjo en el suelo. Se cree que esta imagen, encontrada al terminar la guerra, corrió la misma suerte.









LA CAPILLA

Este es el principio de toda esta historia, lo que le da su sentido. En este lugar, la antigua capilla, aquellos oblatos se acostumbraron a decir su sí a Dios, imitando la entrega de Cristo día a día viviendo con intensidad la Eucaristía y la oración. Su martirio fue la profesión pública, definitiva y solemne, de esta oblación de sus vidas, hecha a Dios en lo cotidiano. Escuchemos este texto de San Eugenio que pide a sus oblatos tomar la fuerza de su amor de la Eucaristía y al mismo tiempo unirse al sacrificio eucarístico de Cristo, pues es lo que supieron, por amor, vivir los mártires:


“No perdáis de vista, queridos míos, que estáis llamados a combatir al fuerte armado y que os hace falta la fuerza misma de Dios para triunfar de ese poderoso enemigo. Y, ¿de dónde sacaríais esa fortaleza si no es en el santo altar y junto a Jesucristo?. Deberemos, ante todo, reparar los ultrajes que ha recibido en esa tierra donde os encontráis y compensarlo de la insolente e impía revuelta en la que se mantienen todavía con el pueblo engañado que se niega a reconocerlo y adorarlo en el sacramento de su amor para los hombres. Que ese espíritu de reparación os anime, pues, constantemente; que queme vuestras almas y que os inspire siempre a no descuidar nada, primero para ofreceros a vosotros mismos en una especie de holocausto”


Tras pasar una noche angustiosa y de intensa oración en sus dormitorios, siendo constantemente vigilados por milicianos armados, la mañana del día 23 pudieron subir a la capilla para consumir el Santísimo que recibieron como Viático. Es un momento duro y difícil para todos ellos pues es entonces cuando ven que pierden la presencia real, física y consoladora del Señor en la Eucaristía, por eso la emoción embargaba al Superior, tal como nos narra un superviviente:


De regreso a la sacristía, prorrumpió en sollozos. Hice lo posible por tranquilizarle mas él, no se si presintiendo la tragedia que se acercaba, no cesaba de gemir y decía: ¿Qué será de esta casa, ahora sobre todo que no tenemos al Señor con nosotros?”


De Cristo Eucaristía sacaron la fuerza de la que hablaba el Fundador para ofrecerse ellos mismos “en una especie de holocausto”.




EL COMEDOR

Había comenzado para todos la Oración del Huerto. Dieron el adiós al oratorio querido, al sagrario vacío, a la Virgen del Pilar, a los libros de rezos, ¿para cuánto tiempo?.

Inmediatamente, con lo puesto, los devolvieron al comedor que era ahora su celda de prisión. En la prisión contaban las horas que se hacían largas, larguísimas. En un momento dado, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Oyeron gritar a un miliciano que había llegado de la sierra, donde estaban los combates, que le dejaran entrar a matar para vengar la muerte de algún compañero. No se lo permitieron, pero la angustia se hizo más intensa a primeras horas de la noche.



Y llegó lo que temían: la inmolación de los primeros mártires. Nos relata el momento un testigo presencial, el P. Porfirio (hno. del P. Pablo):


“Sobre las 3 o 4 de la mañana del día 24 nos hacen salir a todos al pasillo, frente al comedor, en fila, y nos cachean. El jefe va nombrando la lista que tiene en su mano. Los llevan hacia la puerta de la huerta donde esperan dos coches. Los cargan y se los llevan y nunca más supimos de ellos.”

Un sacerdote y seis escolásticos fueron fusilados en la Casa de Campo.






EL MARTIRIO DE LOS 15 RESTANTES

Al día siguiente por intercesión del alcalde, el resto de la comunidad fue puesta en libertad, pero ¿a dónde ir?. Tuvieron que buscar refugio en pensiones, casas de familiares y amigos y la Casa Provincial, con la amenaza constante de poder ser capturados de nuevo, por el mero hecho de ser religiosos.

El P. Provincial, Francisco Esteban, siempre se preocupó por el estado de todos: hacía visitas a los distintos grupos de oblatos allá donde estuvieran ocultos, con el consiguiente peligro que eso le suponía.

 

El día 9 de agosto de 1936 se presentan en la casa de Diego de León y la casa es incautada. El P. Provincial les dice:

“Les voy a pedir un favor, quiero que me permitan consumir el Santísimo Sacramento que tenemos en la capilla”.


Se lo concedieron aunque reservó una parte que llevó a los oblatos escondidos. Fue una escena de catacumbas. Unas palabras, lágrimas y Jesús entró en los corazones de los que, para esta escena, se habían reunido.


Poco tiempo duraron las comuniones, pues en el mes de octubre los oblatos fueron encarcelados en las diversas cárceles que habían habilitado en Madrid.

El 7 de Noviembre, a primeras horas del día, dos nuevos oblatos, un padre y un seminarista, fueron llevados al martirio:


“Lo recuerdo como si fuera ayer. El seminarista, Serviliano Riaño, llegó hasta mi celda y con voz angustiada me dijo: P. Martín, deme la absolución que me llevan”.


A partir del 15 de noviembre se formaron tribunales populares. Ante estos tribunales compareció el P. Provincial, Francisco Esteban, firme y sereno. Como nunca lo había ocultado, y era incapaz de pronunciar una mentira, a las preguntas de aquellos jueces improvisados, contestó resuelto: “Soy religioso”


Por el hecho mismo se declaró reo, confeso y sentenciado. Tras él desfilaron los restantes oblatos encarcelados.


 ¡28 de noviembre!, ¡qué amanecer mas frío en las riberas del Jarama!. Coches de dos pisos hacen alto a los pies de una pequeña colina. Entre los muchos condenados a muerte se ve a los 12 oblatos con su provincial. Un sacerdote pide a los verdugos le permitan bendecir a los suyos y darles la absolución. ¿Sería el P. Francisco Esteban?


Se oyen los disparos y caen a tierra ensangrentados los confesores de la fe, por el gran delito de ser ministros de Cristo.


Impone el cementerio de Paracuellos reservado a los asesinados por las hordas rojas. En la colina, que fue testigo de las ejecuciones, han trazado una gran cruz, al pie de la cual hay largas zanjas en donde reposan hacinados los mártires de España.